A lo largo de nuestra vida, deben ser millones de veces las que renegamos de nuestra forma de ser o de nuestra apariencia. De hecho, eludimos la refracción de nuestra imagen en los espejos y escaparates, además de negarnos a conversar con honradez al momento de quedar solos con nosotros mismos. Nos desagradan ambos aspectos: el externo y el interno. Ese sujeto llamado “yo” resulta poco atractivo según los parámetros que utilizamos para calificarlo. Nos disgusta su traza, su forma de conducirse ante los demás, sus manías, sus escasas virtudes y sus muchos defectos. A partir de nuestro yo evaluamos a los demás y es nuestro marco de referencia.

De acuerdo a la psicología, el yo lo construimos cada vez que empleamos la palabra “yo”; así con minúsculas para evitar cualquier delirio de grandeza.

La relación con nuestro yo puede ser fuente de muchos problemas; de hecho, ese yo que finge ser tan dócil suele ser más conflictivo que el prójimo; no obstante, tiene categoría filosófica y da pie a un concepto llamado autoconciencia, el cual podemos definir como la reacción o actitud que tomamos con respecto a nuestra conducta o respuestaante los estímulos del mundo circundante.

La aceptación del “yo” es un muy recomendable primer paso para empezar a construir una vida propia de crecimiento personal. Negarnos a nosotros mismos, en contraparte, marca el camino de la destrucción, la ruina como personas, una cadena de estragos que aniquila.

Así como a menudo tenemos una imagen estrecha de la vida, una noción sin mucho alcance de lo que es transitar por este mundo; también solemos establecer un concepto pobre de nosotros mismos. Y el sufrimiento que ello nos causa proviene de la rotunda negación que proyectamos hacia todas las cosas empezando por nuestro yo: el externo y el interno. Ese yo al que con tanta frecuencia denigramos como si fuera la oveja negra de la familia o, peor aún, la escoria de la humanidad.

Aceptarnos como somos nos libera, nos quita un peso de encima y nos exonera de dar muchas explicaciones acerca de nuestra forma de comportarnos. El aceptarnos como somos no es un acto de compasión sino de piedad, que no es lo mismo; implica el tratarnos en forma inteligente y amistosa. Reconozcámonos con nuestras muchas imperfecciones así como con nuestras excelencias. Con nuestros ángeles y nuestros demonios.

Es momento de abrirle la puerta con simpatía, fraternidad y aprecio a ese ser llamado “yo”.