A pesar de que se sabe hasta la hartura que podemos aprender de los errores, también aprendemos a tenerles miedo y llegamos a un punto en que ignoramos cuál adiestramiento o enseñanza es másventajosa para nuestras vidas. Parece que el temor a las equivocaciones es transmisible ya que es muy común que los padres nos contagien con sus aprensiones y recelos hacia los desaciertos.

No debemos confundir la cautela y precaución con el miedo exagerado a incurrir en alguna falla. La sola idea de hacer algo mal nos espanta no sólo por lo estrictos que a menudo somos con nosotros mismos, sino también por la presión que ejerce la sociedad sobre nuestros actos que nos exige el no cometer ningún error. Inclusive hemos llegado al punto de catalogar los yerros según sus consecuencias. Así tenemos pequeñas fallas, equivocaciones comunes y corrientes o errores garrafales. Cualquiera que sea la naturaleza de los mismos, no hay por qué tenerles tanto pánico ya que nadie viene a este mundo con la idea de no mancharse y avanzar inmaculado sobre pantanos de equivocaciones y deslices.

Lo más nocivo del miedo a los errores es que nos paralizan y ni siquiera nos permiten intentarlo; el querer pasar a la acción se convierte en algo muy arduo, casi en un esfuerzo de magnitudes epopéyicas cayendo en la exageración. No es raro que seamos nosotros mismo quienes nos boicoteemos. Para superar cualquier temor —aunque parezca una perogrullada— lo primero es enfrentarse a él. No queda más remedio que exponerse si uno pretende caminar con firmeza por el camino de los desafíos. Los errores habituales tienen su lado positivo y negativo, pero lo más importante es no dramatizar. No tiene uno por qué actuar como si fuera víctima de las circunstancias sintiéndose condenado de antemano. No tenemos por qué ver siempre el peor lado de las cosas así como tampoco el más bonito.

Es importante modificar en nuestro fuero interno el concepto de error, y no como si fuera siempre una cinta de medir de nuestras habilidades o un estigma que nos señala como personas incapaces y nulas. Un error no es el fin del mundo ni significa que todo esté perdido. Hay que hacer acopio de paciencia y se deben buscar puntos de referencia para tratar de nuevo. No hacer nada es un error más grave aún.

El vencer el temor a los errores es algo que no se consigue en un solo día.