El atributo de ser temerario, aguerrido y con empuje, parece ser una característica propia de la juventud. Hay arrogancia, hay imprudencia -acaso benditas- que impelen a un alma de pocos años a acometer empresas insólitas y tal vez difíciles de creer. Se tiene la sangre caliente y el organismo es una máquina trepidante que parece no cansarse nunca. No hay nada ni nadie que pueda obstruir los embates de un espíritu verde y novicio; sea femenino o masculino.

“Todo se puede, todo se vale”, parece ser la premisa que domina las fibras y las neuronas de un ser que tiene abierto ante sí todo un porvenir prometedor. El futuro es una ventana abierta que muestra un horizonte  que abarca hasta las más altas cotas de la imaginación. Pero además, esta etapa de la vida es pródiga en ilusiones, esperanzas y en expectativas, las más de las veces fuera de lo posible. En forma literal, existe la creencia íntima de que uno se puede comer al mundo de un bocado. Las ínfulas de poder parecen desmedidas aunque en el fuero más recóndito, uno no se percate de ello. Es una bella fase en que todo se cuestiona y se ponen en duda hasta las convicciones más arraigadas. El ser un descreído se vuelve natural y espontáneo. Las viejas normas son para romperse y es tiempo de instaurar nuevas reglas. Se confía en las propias fuerzas y en la energía de las vísceras que dictan el rumbo que se debe tomar: la savia del follaje tierno. ¿Y qué hay del corazón y los sentimientos? Ah, cuando se es joven el amor puede ser fruto de tragedia o goce con idéntica intensidad. Logra adormecer los sentidos y en un instante avivarlos, convirtiéndolos en un grato tormento. Mientras el amor está presente, por  momentos todo lo convierte en placer y cuando se ausenta nada hay que no sea padecimiento. Por tales razones la juventud es un tesoro, porque todo lo exalta y magnifica. En su reino las minucias pueden  alcanzar niveles de grandeza y las cosas importantes tal vez adquieran un matiz de insignificancia. El tiempo se diluye o parece eterno tornándose en una estrambótica dimensión en la cual cualquier  maravilla o catástrofe es una posibilidad. La juventud es una burbuja donde uno puede tutearse con Mozart, Van Gogh, Hipatia de Alejandría o Shakespeare; uno llega a creerse Copérnico, Sócrates o María Curie. Si tuviésemos que emplear una sola palabra para describir este período de la existencia, elegiríamos “Emociones”.