Se oye decir con frecuencia, que uno es tan hábil para contarse a sí mismo mentiras que todas se las cree. Desde luego, hay una diferencia entre la mentira y el autoengaño ya que en el primer fenómeno se está consciente de que no se dice la verdad, mientras que en el autoengaño la trampa que se tiende uno se acepta como una certidumbre incuestionable de manera irreflexiva y tal vez maquinal.

Dicho con otras palabras, quien se auto engaña no se da cuenta de que lo está haciendo, o al menos no se da cuenta siempre, y ahí es donde radica su nocivo poder. La supremacía que ejerce sobre nosotros se vale del disfraz y de su naturaleza camaleónica que le permite cambiar de aspecto adaptándose al entorno que lo rodea.

El autoengaño tiene variadas facetas. Una de ellas consiste en que una persona es tan astuta con su otro yo, que se miente buscando convencerse de que su decisión es la correcta. Es una forma de proceder muy común cuando se desea eludir el malestar que proviene de un fracaso. Quien cae en este tipo de conducta suele ser una persona con gran capacidad de adaptación: el efecto psicológico que se detona transforma una verdad adversa (no lograr un objetivo) en otra verdad que tranquiliza (el objetivo no valía la pena); para una persona así no existen los desafíos y se mantiene cómoda en cualquier circunstancia y en todo momento gracias a la tergiversación de un evento por pequeño que sea.

Algunas mentiras que nos contamos sirven para mantener vigente una ilusión o para motivarnos, pero tarde o temprano la realidad pasa la factura.

Otra recurso muy común del auto engaño es cuando buscamos consuelo si las cosas no salen como esperábamos; por lo general se recurre a ello cuando se quiere proteger la estima por el ego. El truco consiste en hacer responsable a un agente externo cuando nuestras expectativas no se cumplen y nos impedimos el afrontar las dificultades que nos hacen sentir mal.

El autoengaño es algo muy común y es muy probable que cualquier persona caiga en sus redes; lo importante es salir de ahí y no convertirlo en una práctica recurrente. Para librarse de las mentiras de uno mismo se requiere de mucha disciplina, de una sinceridad que raya en la crudeza pero que a fin de cuentas otorga la recompensa de no distorsionar la realidad.