El reto consiste en controlar la ira, en someterla antes de que nos domine a nosotros. La cólera nunca ha sido buena consejera y no pocas veces nos arrepentimos de prestarle oídos. Su tutela por lo común nos deja mal parados y consigue hacernos ver como gente intolerante. Está claro que todos tenemos derecho a dejarnos llevar por un mal rato, a dar rienda suelta a algún berrinche; pero de eso a hacer de la rabia una especie de rutina, una corriente conductual o un modo de vida hay una gran diferencia.

Muchas veces nos enojamos y perdemos la cabeza por cosas sin importancia; y al decir que se pierde la cabeza no hay expresión más atinada ya que eso es precisamente lo que ocurre: el cerebro controla nuestro espectro de emociones y a menudoperdemos la ecuanimidad por una tontería.

Nuestra mente puede enfrentar circunstancias para las cuales no fue “programada”, y es entonces cuando se vuelve de vital importancia el no pasar de la ira a la agresión y de ahí al ataque. El combate verbal o físico ante una persona que nos contraría, rara vez soluciona las cosas.Nuestra actitud violenta nos delata como seres con pocas habilidades para el manejo de la sana convivencia. Los momentos de furia nos devuelven nuestra animalidad y nos hacen instintivos de modo pernicioso puesto que nuestras aptitudes para el raciocinio parecen esfumarse.

Una frase que se repite con frecuencia es: “El que se enoja pierde”, y eso es algo que se debe evitar ya que el dejarse envolver por una mentalidad de ganador o perdedor, detona nuestras articulaciones de la cólera.

Si se sabe de antemano que hay ciertas situaciones o personas que nos resultan irritantes, lo mejor es evitarlas. Eludirlas en aras de nuestro equilibrio que es más importante. Si ya sabemos que cierta persona nos saca de quicio con mucha facilidad, lo más recomendable es mantenerla lo más lejos que se pueda. Si conocemos nuestro grado de excitación ante ciertos trances o coyunturas, lo mejor es escabullirse de semejantes episodios dentro de lo posible.

Nuestra irascibilidad y nuestros arrebatos pueden acrecentarse por cuestiones que escapan de nuestra capacidad de reflexión o análisis del entorno: exceso de tráfico vehicular, muchedumbre, descanso o sueño insuficiente, malestares físicos, contrariedades sentimentales, etc.

Lo crucial es no convertirnos en personas hostiles o hirientes. Evitar que los estallidos de ira se vuelvan regulares como parte de nuestro carácter y nuestra forma de interactuar con los demás.