La mayoría de las veces el hacer trabajo de la oficina en casa no se justifica, aunque a veces es inevitable. Las urgencias nunca faltan, los imprevistos de última hora tampoco. Por supuesto, también se dan casos en que uno se lleva trabajo al hogar porque busca anticiparse, adelantar los deberes que están por venir. Pero la transición del lugar de trabajo a la casa implica un cambio del modo profesional al personal. Los recursos que se consumen al pasar de un método a otro son muchos, y pueden afectar a los dos focos primordiales de tu vida, tanto a la personal como al rendimiento en el trabajo. Lo sabemos: es difícil erradicar esa terrible sensación de que se la pasa uno todo el día trabajando. Pero vida y trabajo no son cosas separadas, si no complementarias, por ello se debe procurar un balance entre las dos actividades.Por una parte, cargar con obligaciones laborales en la casa, causa mucho estrés, y se supone que el hogar es un sitio para relajarse. Constituye una invasión al espacio íntimo aunque se trate de la actividad que nos da de comer. Por otra parte, trabajar dentro de los límites del espacio íntimo, provoca que uno sienta que trabaja más duro y que se consume tanto por dentro como por fuera. Si las horas de trabajo extra en el sitio de trabajo, perjudican la salud, ¿puede imaginarse uno lo nocivo que podría ser haciéndolo también en casa? La hipertensión está a la vuelta de la esquina, y no muy lejos un grave problema cardiovascular. Uno se vuelve irritable e invadido por una inexplicable ansiedad. El trabajo de la oficina realizado en casa solo provoca dificultades personales. Es mejor no hacerlo a fin de no perder el cariño de familiares y amigos. Lo peor de todo es cuando se presenta un caso extremo: cuando se lleva trabajo al lugar de residencia, porque no se quiere interactuar con el resto de los miembros de la familia y se busca anteponer un pretexto.