Mantenerse aislado, ajeno a nuestros semejantes, puede ser muy mala idea si el propósito es eludir cualquier vínculo con la intención de no sufrir o satisfacer nuestra misantropía. Es cierto, debemos admitir que la comunicación hoy en día no es muy eficaz ya que a menudo hay personas que se limitan a sobreentender, a dar por supuestos conceptos e ideas que no concuerdan con lo que otro interlocutor transmite. Saber dialogar y argumentar son pautas clave para ahorrarnos conflictos absurdos.

Pero sobre todo, hay que saber escuchar, cosa que por lo común llevamos a cabo de modo muy torpe e incompleto. Como ejemplo, tomemos este mismo fenómeno que hoy nos ocupa: con frecuencia nos enteramos en una conversación, “oímos” o leemos, acerca de la importancia que tiene el mantener una buena comunicación, ya sea en el ámbito laboral, familiar, social o de pareja, pero por lo general no escuchamos.

Para agravar las cosas, no siempre encontramos las palabras precisas, la forma de hacernos entender o de transmitir lo que deseamos. Vivimos en una época en que le damos muy poca importancia al lenguaje: hay demasiadas lagunas en cuanto a la expresión oral y escrita; todo ello quizá fomentado por el progreso tecnológico y las supuestas ventajas de la informática. La buena comunicación se ha convertido en un genuino desafío. Es común que consideremos que es el prójimo quien tiene las fallas para darse a entender y no reparamos en examinarnos a nosotros mismos y nuestro proceso de intercambio de ideas. Juzgamos siempre que es el otro quien tiene problemas para transmitir sus pensamientos. Pasamos por alto y perdemos la noción de todo el mecanismo que forma parte de nuestros procesos comunicativos. Nos olvidamos de la importancia de relacionarnos con los demás de manera clara y sencilla, sin pensar en el impacto que puedan llevar nuestras palabras ya sean emitidas en forma escrita o verbal, sin olvidarnos de lo expresivos que también son nuestros gestos y ademanes.

Debemos mostrar interés en lo que el prójimo intenta transmitir sin caer en imposturas, ser comprensivos y pacientes. Por otro lado, debemos hacer un esfuerzo por ampliar nuestro vocabulario y no quedarnos con el léxico de 300 palabras del lenguaje callejero. Debemos ser asertivos y adaptables. El manejo de nuestro tono de voz también es muy importante porque dice mucho acerca de la intención de nuestras palabras.

Mejorar nuestra comunicación es vital para que nuestros mensajes sean fructíferos y, en la medida de lo posible, estimulantes.