Tener en casa a un adolescente problemático o con problemas, es uno de los trances más difíciles que pueden afrontar unos padres o una familia en general.Conflicto doble si se toma en cuenta que además de la situación en sí, se debe tolerar por añadidura una serie de consejos no solicitados de “gente con buenas intenciones”, que sabe con justeza qué es lo que conviene hacer y cómo debe procederse para resolver la cuestión.

Como todo, el primer paso es reconocer el problema y estar dispuesto a trabajar para cambiar las cosas. Por lo común, nadie puede hacer más por los hijos que los padres. Si se desea que se resuelvan las cosas se debe mostrar una firme voluntad para lograrlo.

En estas circunstancias, la raíz del problema es realmente el control. Los adolescentes quieren sentir que poseen el control de su vida, y los padres quieren que los adolescentes sepan que ellos son los que todavía ponen las reglas. Hay que mediar las cosas.

Cuando los adolescentes hacen cosas tan preocupantes como: ir con malas compañías, faltar al respeto, mentir, no ir a clase, robar, escaparse de casa, etc., los padres suelen llegar a un nivel de desesperación tal que se sienten incapaces de llevar a cabo una solución efectiva.

Los adolescentes cuyo comportamiento es beligerante, peligroso o inaceptable pesar de los esfuerzos de sus padres por evitarlo, pueden necesitar la intervención profesional. No está de más.

Se debe admitirlo y hay que tenerlo en consideración: la mayoría de los hijos adolescentes que hacen cosas como las que hace cualquiera (robar, mentir, faltar al respeto, agredir, dejar de ir a clases, etc.), han terminado muy bien al hacerse mayores. Es decir, se han abierto camino en la vida y, al mismo tiempo, mantienen relaciones cordiales con las demás personas.

La mayoría de las familias atraviesan un período durante la adolescencia de sus hijos en el que les es muy difícil la convivencia. Y la mayoría de los adolescentes, incluidos los que tienen conductas desafiantes, normalmente entre los 18 y 25 años cambian y se vuelven a hacer amigos de sus padres.Los jóvenes tienen una fuerza tremenda que les empuja a llenar sus vidas y es esa fuerza la que determina el resultado de sus vidas.

Hay que dejar a un lado el sentimiento de culpa: no sirve de nada lamentarse por las cosas que uno ha hecho o dejado de hacer como padre.